La estrella de Laura

 

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Al bajar del camión, respiró profundamente, mantuvo el aire dentro un segundo y exhaló un vaho tenue que desapareció en el frío matutino. A pesar de que ella jamás en su vida había fumado, deseó que su exhalar fuera humo de cigarrillo. Inmediatamente al poner los pies en tierra, se dirigió sobre los andenes de abordaje a la puerta automática de cristal de la central de camiones. No traía maleta, solamente su bolso de piel color negro. Una mascada celeste cubría su cabello negro, lacio y canoso, sostenido en un chongo. Ella estaba en una vieja chaqueta de piel café y sus botas resonaban por el andén. El frío le golpeó las piernas lo que hizo que tambalearan un poco. Juntó sus manos blancas y se las llevó al pecho, apretándolas como si fueran un amuleto. Entró a la sala de espera.

Las puertas automáticas se abrieron frente a ella y lo primero que escuchó fue una televisión y el barullo modesto de una central de camiones a las 6 de la mañana, llena de silenciosas familias pequeñas y trabajadores solitarios. Se sentó en una de las hileras de las blancas sillas de plástico, cuyo diseño ya tenían más de cien años, todas unidas por una estructura metálica. Guardó silencio y revisó el contenido de su teléfono celular. Cerró los ojos al apagarlo y lo guardó en su bolso. Sus labios carmín y su piel blanquísima, salpicada con pequeñas constelaciones negras, llamaron la atención de una mujer joven que atendía la pequeña cafetería de la sala. Se parecía mucho a ella de joven, con el cabello largo, negro, lacio y con un corte de fleco recto sobre la frente. Se miraron a los ojos y la mujer de la cafetería apartó su mirada, ruborizada. Un cliente se acercó al aparador de las revistas y tomó una, acto seguido, pidió un café y mostró la revista que se llevaría. La mujer de la cafetería pasó el escáner de precios sobre el código impreso.

¡Pip!

El cliente, satisfecho, enrolló la revista bajo el brazo mientras sacaba una tarjeta de su cartera. La revista se llamaba Memorias, una revista cultural de alto tiraje en el país, en cuyas páginas, entre las críticas de literatura, cine, política y arte, había una columna llamada “Consuelo de país”, una de las más leídas, redactada por Laura María Montes, la mujer de los labios carmín sentada en la sala de espera.

Laura tragó saliva y miró la televisión. En ese momento pasaban Los Beverly de Peralvillo, actuada por un jovencísimo Jorge Ortiz de Pinedo. Después vio como la mujer de la cafetería le entregaba un vaso de unicel humeante al hombre que llevaba la revista bajo el brazo. Con un vistazo rápido buscó en el estante de revistas si había otro ejemplar. Ya no quedaba ni uno. La mujer volvió a mirarla y ella se sintió intimidada, queriendo cubrirse completamente la cara con la mascada y salir de ahí. Compartieron miradas un segundo y Laura desvió la suya. Cuando volvió a mirar a la mujer, esta se estaba aplicando rápidamente el labial. Laura respiró intranquila, pero después se sintió estúpida.

El hombre se sentó a su lado y comenzó a hojear la revista. Pasó de largo la última columna de Laura sobre los últimos días de la escena nü-house en la Ciudad de México.

(De toda la redacción, ella era la única que había asistido a muchos de los toquines en sus tardíos años treinta.  La escena se volvió muy impopular después de la tragedia de la Noche Verde.)

Vio un camión llegar al andén. Sobre el parabrisas del conductor, una pantalla rectangular mostraba escenas muy nítidas del atractivo turístico de la región. Al final lanzaba el nombre de su destino: Ciudad Silva. La pantalla se apagó y lanzó otra serie de imágenes diferentes de un pueblo típico con una catedral barroca enorme. Lanzó el nombre del nuevo destino del camión: Seis Horas del Rincón.

 

Laura estuvo sentada en la sala por una hora y vio el sol despuntar detrás de la batería de camiones que entraban y salían a los andenes. Cuando el sol se hizo visible, se levantó de su silla, miró por última vez a la chica del café y salió de la estación, nerviosa, buscando caras conocidas. Caminó sobre la larga avenida que en su juventud temía recorrer de noche. Aunque venía de la Ciudad de México y estaba acostumbrada a vigilar su espalda al caminar por la calle, la metrópoli era muy segura comparada con los años de delincuencia y guerra intestina que se vivió en esas calles, que duró mucho después de que ella se fuera. El terror hacía mucho había terminado, pero el contraste no le daba cuartel a su inseguridad interna. Recordaba la indiferencia entre las manchas rojas recién lavadas, las sirenas de las patrullas, los camiones repletos de soldados y sus guardias callejeras con momentos lascivos, la música y las risas nocturnas, los estallidos en calles en veda todas las noches a los que no eran de algún bando.

Ahora la larga avenida estaba limpia, con sus edificios y calles pintadas, con afluencia vehicular que solo se daba a notar por el sonido seco y suave como un soplo, lleno de ciclistas en su propio carril. La ciudad, como el mundo, había cambiado.

Caminó frente al escaparate de una tienda de artículos religiosos que aún no abría. Miró su reflejo en el vidrio, miró sus arrugas, sus marcas de expresión, las bolsas, el tiempo, la mancha negra en su piel que comenzaba a salir de su envejecido escote.

-¿Cuánto tiempo…?

Asustada, apartó la vista y siguió caminando. Sus botas resonaban con golpes secos sobre el asfalto limpio. La oruga se detenía con suavidad sobre la estación, pero rugía con fuerza al acelerar.

Después de andar por 20 minutos, llegó al zócalo de la ciudad. Vio palomas volar cerca de las fuentes de la plaza central.

Ahí muy poco había cambiado: cuatro jardines cuadrados con una fuente central, rodeados en las caras norte, sur y este de altos edificios departamentales sobre portales. Aún existía ese hotel donde había dejado su aroma sobre las almohadas. Caminó entre los arcos del zócalo mirando las tiendas de ropa, cafés y restaurantes aún con las cortinas cerradas. En la cara oeste, el palacio de gobierno y una pequeña iglesia franciscana, en cuyo antiguo atrio había una fastuosa fuente con 4 lobos que sostenían con sus cabezas un plato de donde escurría el agua.

Un gato salió de entre los arbustos de uno de los jardines y se dirigió maullando a una cafetería que recién abría. Laura se sorprendió al ver que aún existía ese local y se acercó con el paso lento y tranquilo del gato. Vio salir del local a joven mesero, envuelto en la música que manaba de dentro,  sacando un par de mesas. En la primera que instaló, Laura se sentó.

Cuando ella estuvo por primera vez en ese café, recién cumplía 18 años. Esa mañana Laura cumplía 65 años.

 

En dos novelas que escribió, las únicas con imperceptibles rasgos y temas autobiográficos, habló de ese café.

(Ella era una autora que se caracterizaba por casi nunca hablar de ella misma, hermética hasta el cansancio sobre su vida privada.)

En ellas, Laura se metió en la piel dos personajes masculinos diferentes: un poderoso general retirado y un carpintero mesiánico.

Laura sacó una libreta de su bolso y escribió detalladamente los momentos desde la aparición del gato y lo que sucedía en esos momentos al pedir un café negro. En sus dos novelas, un general retirado regresa a esa mesa después de muchos años, donde sin el característico bigote con el que lo identificaban en la vida pública nacional como un símbolo de la muerte y el poder, hacía contabilidad de las personas que asistirían a la boda de su nieta, en la cual incluía a sus antiguos enemigos asesinados, percatándose de su delirio; en cambio, el carpintero mesiánico, quien era la tercera encarnación de un moderno dios, se encontraba con uno de sus discípulos en ese café para narrarle la experiencia que vivió la noche anterior con alcohol y una hermosa prostituta, haciendo dudar en silencio al horrorizado y santurrón discípulo, mientras el profeta entendía que la iluminación siempre ha estado entre los seres humanos, ciegos y desconsolados, los cuales venerando a dioses más antiguos que él, como Oro y Poder, negaban su naturaleza más básica.

 

Terminó de escribir y revisó el mapa de la ciudad en su teléfono. Hacía meses había podido localizar la casa. Era hora de buscarla. Decidió llegar caminando. Bebió el restante de su café de golpe y compró un cigarro suelto a un lustrador de zapatos. Torpemente lo encendió e inhaló, pero curiosamente no le arrancó un ataque de tos como siempre se imaginó. Sonrió al darse cuenta que años de fumar pasivamente la cajetilla entera de su jefe de redacción le habían dado callo a sus pulmones. Entró en razón y rompió el encanto de la experiencia al mirarse en otro cristal. Tiró el cigarro y lo pisó. Se miró las arrugas un instante y caminó con mayor velocidad a la casa, sobre la larga avenida López Mateos. Esta vez no vio su reflejo, sino el de su padre enfermo.

En el horizonte de la avenida, el sol aún se levantaba, pálido por el invierno, moviendo la ciudad. La  neblina matinal se disipaba. La avenida era cruzada por un canal de concreto, con un delgado arroyo serpenteando por él. Caminó mirando unas cuantas aves blancas revolotear sobre el cadáver de un animal irreconocible. Llegó a la casa marcada en los mapas de su teléfono. Para llegar a la puerta principal, había que bajar 10 peldaños de con musgo seco. Marcas antiguas de disparos y metrallas se dibujaban sobre la superficie de la  pared. Sobre su cabeza, había una terraza con un agujero en el suelo, justo sobre la puerta principal. El boquete también se abría en el techo de la terraza, en el segundo piso. Bajó la mirada, dibujando lentamente la trayectoria desde el cielo y un pequeño cráter yacía frente al umbral. Ninguna de las cicatrices estaba oculta por la presencia de macetas con plantas verdes, algunas floreadas, una vasija y una bicicleta muy antigua que Laura reconoció. Se acercó a la bicicleta y pasó su mano sobre el marco oxidado y despintado.

Tragó saliva y olió sus manos, preocupada por el olor a tabaco, pero al oler profundamente su palma blanca, se percató del aroma a tierra mojada. Alguien abrió la puerta a sus espaldas y ella se congeló horrorizada. Una muchachita morena y de cabello muy largo y negro salió con un bolso de mandado de colores con un girasol. La chica, muy jovencita, la miró de arriba abajo.

-Hola… buenos días –dijo Laura.

-Buenos días… ¿qué se le ofrece? – respondió la morena con una mirada extrañada por el semblante de Laura, a quien se le notaba el esfuerzo de estar ahí.

-Hola… este… no sé si… bueno, mira, estoy buscando a Adrián Olivares.

-Ah… está bien. ¿Quién lo busca?

-¿Él vive aquí? ¿sig… sigue vivo?

-Este… sí, señora…Pero dígame, ¿quién lo busca?

Laura no pudo contener la sonrisa y el terror emocionante en su pecho. Sintió un golpe frío por todo su cuerpo y sus rodillas temblaron un poco.

-Dígale que lo busca…

Al verla tan vulnerable, la morena le sonrió y creyó suponer un poco de quién y qué se trataba. La invitó a pasar.

-Deje le llamo, acaba de despertarse.

La morena la condujo a la sala y le pidió que se sentara en el sillón.

-¿Gusta un vaso de agua? – preguntó la morena, dejando la bolsa de mandado sobre una silla.

-S… sí, hija, te lo agradecería mucho.

La morena fue a la cocina y regresó con un vaso de vidrio transparente con agua y una servilleta. Laura la bebió de un golpe. Estaba sedienta y el café para nada calmó su sed. La morena le recogió el vaso y Laura agradeció.

-Espéreme un segundo, señora. Voy a llamarlo.

Al quedarse sola, los nervios de Laura estaban en estado de alerta, pero no cruzaban la línea, sino que esperaba excitada el momento inevitable. Miró alrededor. La sala y el comedor estaban la misma habitación, la cocina, muy pequeña, en una segunda habitación. Veía cochambre en las paredes alrededor de la estufa, trastes sucios en un lavabo. Era una casa muy austera. Nunca se había puesto a pensar cómo sería la casa de él. Pero las mesas y mesitas estaban repletas de de objetos acumulados, algunas prendas de hombre y de mujer sobre las sillas del comedor, revistas, libros, vasos y copas, unas cuantas botellas vacías, cajas de madera, herramientas, marcos y estructuras de madera arrumbadas, polvillo de aserrín. No olía a una casa oscura y húmeda, sino a madera y a herramientas, el aroma típico de cualquier taller que él tuvo. Cerró los ojos y buscó aromas: comida, el perfume de la morena, un tenue aroma a tabaco aromático. Sólo se escuchaban el ruido de los coches pasar sobre la avenida y los pasos de la muchacha en el segundo piso. De repente había música bajando del segundo piso.

Just a song we shared I´ll hear, bring memories back when you were here.

Laura no pudo evitar levantarse y andar un poco por la casa. Fue directo a la mesa a ver las revistas y libros acumulados: números muy viejos de Letras Libres, Arroba, Nexos, Memorias, Proceso, Silveria, Revista de la Universidad, Dígito, Luvina, números donde ella había escrito y a lado, libros, muchos, pilas enteras, y entre ellos una vieja edición de su novela Capitulo cuatro, publicada en el cincuenta aniversario de Rayuela, cuando ella tenía 24 años, ganándose el reconocimiento de varios editores y su lugar en Memorias.

Of the dreams we dreamt together,

of love we vowed would never melt like snowflakes in the sun.

Lo hojeó. En la portada había una cita con letra que indudablemente era de Adrián: “Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.” Inmediatamente reconoció de dónde había tomado la cita y sonrió.

Memorias de Adriano, de Yourcenar – dijo en voz baja. – La traducción de Julio Cortázar.

Pasó a la siguiente página y encontró la dedicatoria que ella puso: “A Matías R.”. Cerró de golpe el libro y buscó otro sobre la mesa. Encontró la novela de su general atormentado, Un paseo por los muros de la ciudad. En la portada, debajo de su nombre, otra cita con el puño y letra de Adrián: “El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad; pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, de falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de las cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo.”

Laura volvió a sonreír con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.

La montaña mágica.

Sonó el último coro de la canción que se deslizaba por la casa, adheresado con un cuarteto de cuerdas y Laura escuchó que dos personas bajaban las escaleras. Con lágrimas en las mejillas y con el libro empolvado en las manos, volteó a ellos.

La muchacha morena bajó, seguida de Adrián. Él traía puesta una camisa azul y pantalón café a rayas, su cabello era canoso y peinado, húmedo por la prisa. Al mirarla, abrió la boca sin decir una palabra.

-Los leíste –dijo Laura, con el libro en una mano.

-Cada una de tus palabras… -Adrián se acercó a ella lentamente, pero con un aire melancólico de felicidad y familiaridad. –Me sorprendió tu crítica a Lerma Payós, yo lo conocí… Después de que la leímos, lo acompañé en su borrachera. Bueno… qué decir.

-Sólo le dije que no se tomara las cosas a la ligera… -se acercaron tanto que él la tomó de la cintura y ella posó sus manos en sus hombros. –No era para tanto. ¿Valió la pena semejante peda?

-Cada trago. –dijo él.

-Ahora es el rey.

-Y yo el que le hizo su trono.

Se abrazaron largamente, diciéndose palabras que la chica morena no escuchó.

-¿Cuánto tiempo? – preguntó Laura.

-Mucho tiempo

-No… en serio, ¿cuánto tiempo?

-40 años.

Se miraron a los ojos unos instantes, casi con los labios juntos y el abrazo prosiguió. Después de unos minutos, Adrián aterrizó.

-Ah, sí, lo siento. –Adrián miró a la morena. – Laura, te presento a Laura. Laura, te presento a Laura.

La escritora se sorprendió y rompió en llanto. La morena, preocupada, se le acercó.

-No, no, estoy bien. –Respondió la escritora. –La llamaste…

-Me llamo Laura Leonor, señora. Mucho gusto. –respondió la chica morena.

Ambas se dieron la mano, Laura sonrió y Leonor le correspondió. Laura reconoció los ojos de Leonor. Eran iguales a una mujer que conoció muchos años antes. Laura la abrazó fuertemente, con alegría y después con desconsuelo.

-Usted es la escritora… He leído todos sus libros, señora. Bueno, me gustaría quedarme más tiempo, pero debo salir al mercado. Espero pueda estar aquí para nosotros y podamos comer juntos. Ustedes, creo que…

-Sí, hija, descuida. Vete con mucho cuidado.

-Sí, papá. ¡Con permiso, señora! Mucho gusto.

Al salir de la casa, Adrián invitó a Laura a sentarse. Se volvieron a abrazar largamente.

-No has cambiado… -dijo Adrián.

-Yo… -dijo Laura, quien comenzó a alertarse, cayendo en la cuenta de que estaban uno frente al otro.

-No, no, no, no. Espera. –Él le tomó la mano. –Déjame verte.

Le tomó el rostro, ella queriendo ocultarla en el pecho de él, dejando rodar unas cuantas lágrimas.

-Tú no has cambiado nada.

-Eso dejó de funcionar hace mucho tiempo. Estoy muy vieja ya.

Las palabras que Laura expulsó de su boca las había contenido por muchos años. Respiró después de decirlas. Quedó mirando los ojos de él, esperando su reacción, pero él no dejaba de mirarla con los mismos ojos cuando adolescentes.

-Tu piel de leche, labios carmín, mi chiquita preciosa. –le dijo Adrián.

-Chiquita preciosa…

Laura ya no se sintió intranquila, se sintió a gusto, casi en casa. La noche anterior sintió el impulso enorme de viajar a Ciudad Silva, que había dejado 40 años antes, después de su separación. El ruido del exterior desapareció de sus oídos, sólo el ruido de un goteo y una imperceptible canción en el segundo piso eran la banda sonora del momento. Se sentaron en silencio, tomados de las manos, mirándose. Un lento beso en los labios dialogó por ambos. Sonrieron al separarse y se abrazaron.

-Adrián. –dijo ella.

-¿Sí?

-¿Esa jovencita es tu hija?

-Ella, Laura María, es mi hija, Laura Leonor.

-Leonor… como…

-Sí, la hija que nunca tuvimos…

-Tú y yo nunca tuvimos una hija, pero así le hubiéramos…

-Ella es mi hija más joven. Tiene 19 años, se quiso quedar conmigo.

-¿O sea que tienes más hijas?

-Tengo otros 5 hijos, tres muchachos y dos muchachas, más grandes que ella.

-¿Cómo le hizo tu mujer para tener tantos hijos?

-Bueno… no son de la misma madre.

-Ah, ya entiendo. Sabes… yo nunca te hubiera perdonado eso.

-¿Qué cosa?

-Que me hubieras dado una hija y luego a otras mujeres. Nunca te lo hubiera perdonado. Jamás.

-Ambos sabemos que lo que sucedió…

-Sí, lo sé…

Hubo un silencio incómodo entre los dos.

-Yo nunca te culpé de… Es hermosa. Es como siempre la imaginé. Ojos grandes, cabello negro, morena.

-A veces me parece verle algo de ti en ella.

-¡Ay, no exageres, Adrián!

-¡En serio! ¿Nunca te sucedió?

-¡Claro que nunca me ha sucedido! –Laura rio. –Eso no era ni normal ni bueno.

Laura recordó los ojos de Matías en la oscuridad, al momento de hacer el amor muchos años antes. No lo reconocía y dolorosamente para ella, su cuerpo estaba en otro lugar, con otros ojos.

-Dime –dijo Adrián. –Matías…

-Él… -el semblante de Laura se oscureció. Por unos segundos, sus ojos se perdieron.

-No importa… -respondió Adrián.

-Él murió hace unos años. Vivimos juntos todo este tiempo y… nunca nos casamos, nunca quisimos tener hijos, yo ya estaba casada contigo y no estaba bien buscarte para un divorcio…no quise buscarte más -Laura se mordió los labios y miró a otros rincones de la sala.

-Técnicamente seguimos casados. –el aire oscuro salió por la ventana, arrastrado por la oruga. Ambos sonrieron profundamente. -¿Dónde están tus maletas?

-Hoy es mi cumpleaños.

Adrián soltó una pequeña carcajada, llena de color. Laura también rio un poco, llevándose a la boca la mano. Adrián tomó su mano y se la quitó de la boca. Ella sonrió ampliamente, como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Laura siempre creyó que el momento favorito de Adrián era el atardecer. Nunca se lo preguntó, nunca hizo referencia a ello, pero un solo comentario de Adrián, muchos años antes, lo dijo todo para ella.

-¿Escuchas? No hay sonido.

Cuando el atardecer terminaba y la noche caía, Adrián guardaba silencio y ponía un poco de jazz en su computadora. Fue una de esas noches, cuando finalmente vivían juntos, al terminarse una botella de vino tinto y medio baguette cada quién, cuando Adrián fue a la habitación, brincando entre libros apilados y papeles acumulados, tomos encuadernados de la tesis de ella, para traer algo.

When you´re near, there´s such an air of spring about it

I can hear a lark somewhere begin to sing about it.

Ambos comían en el piso, no tenían mesa ni sillones, sólo un colchón, cobijas y un router viejo. Adrián ya había comenzado a hacer una mesa cuando el vendedor del departamento se animó a dárselos al precio que ellos pedían. No tardaron ni un día en irse a vivir juntos con apenas lo que tenían.

There’s no love song finer, but how strange the change, from a major to minor ev´ry time we say goodbye.

Regresó a la sala sin muebles y se amarró el cabello largo como cola de caballo. Laura, nerviosa, se sentó sobre sus rodillas frente a él.

-Laura.

-¿Sí? –preguntó ella. Apretó sus manos contra sus rodillas, su respiración se aceleró y se relamió los labios.

Adrián se sentó frente a ella, sacó una cajita negra del bolsillo de su pantalón y se la presentó como un ofrecimiento ritual. A ella le brillaron sus ojos y su corazón se aceleró en el momento que los dedos huesudos y morenos de Adrián se disponían a abrir la caja.

Epilogo.

-Adrián.

-¿Sí?

La casa que Adrián se construyó durante 20 años, para él y sus hijos. Tenía una pequeña terraza con plantas que daba al poniente. Diario salía a fumar su pipa hasta el anochecer, después de un día de trabajo en el taller.

-No traje mis cosas. –dijo Laura.

-Te compraremos más cosas.

-Adrián.

-¿Sí?

-No traje mis libros.

-Aquí tengo todos tus libros, son tuyos.

-Adrián.

-¿Sí?

-No me queda mucho tiempo.

El atardecer terminó. Se encendieron las luces de la ciudad. El cielo era raso y la primera estrella de la tarde flotaba sobre las montañas. Sería una noche estrellada y fría. Laura se levantó y fue hacia Adrián, quien miraba en silencio la ciudad. Se recargó sobre el barandal, junto a Adrián. El calor de ambos se hizo uno. La noche olía diferente.

-Entonces yo te cuidaré.

Laura dejó de temblar.

Cayó la noche.

A mcmm (ch.pr.)

noviembre, 23 y 2015

enero, 27 y 2016

Por Max Román

Al bajar del camión, respiró profundamente, mantuvo el aire dentro un segundo y exhaló un vaho tenue que desapareció en el frío matutino. A pesar de que ella jamás en su vida había fumado, deseó que su exhalar fuera humo de cigarrillo. Inmediatamente al poner los pies en tierra, se dirigió sobre los andenes de abordaje a la puerta automática de cristal de la central de camiones. No traía maleta, solamente su bolso de piel color negro. Una mascada celeste cubría su cabello negro, lacio y canoso, sostenido en un chongo. Ella estaba en una vieja chaqueta de piel café y sus botas resonaban por el andén. El frío le golpeó las piernas lo que hizo que tambalearan un poco. Juntó sus manos blancas y se las llevó al pecho, apretándolas como si fueran un amuleto. Entró a la sala de espera.

Las puertas automáticas se abrieron frente a ella y lo primero que escuchó fue una televisión y el barullo modesto de una central de camiones a las 6 de la mañana, llena de silenciosas familias pequeñas y trabajadores solitarios. Se sentó en una de las hileras de las blancas sillas de plástico, cuyo diseño ya tenían más de cien años, todas unidas por una estructura metálica. Guardó silencio y revisó el contenido de su teléfono celular. Cerró los ojos al apagarlo y lo guardó en su bolso. Sus labios carmín y su piel blanquísima, salpicada con pequeñas constelaciones negras, llamaron la atención de una mujer joven que atendía la pequeña cafetería de la sala. Se parecía mucho a ella de joven, con el cabello largo, negro, lacio y con un corte de fleco recto sobre la frente. Se miraron a los ojos y la mujer de la cafetería apartó su mirada, ruborizada. Un cliente se acercó al aparador de las revistas y tomó una, acto seguido, pidió un café y mostró la revista que se llevaría. La mujer de la cafetería pasó el escáner de precios sobre el código impreso.

¡Pip!

El cliente, satisfecho, enrolló la revista bajo el brazo mientras sacaba una tarjeta de su cartera.

La revista se llamaba Memorias, una revista cultural de alto tiraje en el país, en cuyas páginas, entre las críticas de literatura, cine, política y arte, había una columna llamada “Consuelo de país”, una de las más leídas, redactada por Laura María Montes, la mujer de los labios carmín sentada en la sala de espera.

 

Laura tragó saliva y miró la televisión. En ese momento pasaban Los Beverly de Peralvillo, actuada por un jovencísimo Jorge Ortiz de Pinedo. Después vio como la mujer de la cafetería le entregaba un vaso de unicel humeante al hombre que llevaba la revista bajo el brazo. Con un vistazo rápido buscó en el estante de revistas si había otro ejemplar. Ya no quedaba ni uno. La mujer volvió a mirarla y ella se sintió intimidada, queriendo cubrirse completamente la cara con la mascada y salir de ahí. Compartieron miradas un segundo y Laura desvió la suya. Cuando volvió a mirar a la mujer, esta se estaba aplicando rápidamente el labial. Laura respiró intranquila, pero después se sintió estúpida.

 

El hombre se sentó a su lado y comenzó a hojear la revista. Pasó de largo la última columna de Laura sobre los últimos días de la escena nü-house en la Ciudad de México.

 

(De toda la redacción, ella era la única que había asistido a muchos de los toquines en sus tardíos años treinta.  La escena se volvió muy impopular después de la tragedia de la Noche Verde.)

 

Vio un camión llegar al andén. Sobre el parabrisas del conductor, una pantalla rectangular mostraba escenas muy nítidas del atractivo turístico de la región. Al final lanzaba el nombre de su destino: Ciudad Silva. La pantalla se apagó y lanzó otra serie de imágenes diferentes de un pueblo típico con una catedral barroca enorme. Lanzó el nombre del nuevo destino del camión: Seis Horas del Rincón.

 

Laura estuvo sentada en la sala por una hora y vio el sol despuntar detrás de la batería de camiones que entraban y salían a los andenes. Cuando el sol se hizo visible, se levantó de su silla, miró por última vez a la chica del café y salió de la estación, nerviosa, buscando caras conocidas. Caminó sobre la larga avenida que en su juventud temía recorrer de noche. Aunque venía de la Ciudad de México y estaba acostumbrada a vigilar su espalda al caminar por la calle, la metrópoli era muy segura comparada con los años de delincuencia y guerra intestina que se vivió en esas calles, que duró mucho después de que ella se fuera. El terror hacía mucho había terminado, pero el contraste no le daba cuartel a su inseguridad interna. Recordaba la indiferencia entre las manchas rojas recién lavadas, las sirenas de las patrullas, los camiones repletos de soldados y sus guardias callejeras con momentos lascivos, la música y las risas nocturnas, los estallidos en calles en veda todas las noches a los que no eran de algún bando.

Ahora la larga avenida estaba limpia, con sus edificios y calles pintadas, con afluencia vehicular que solo se daba a notar por el sonido seco y suave como un soplo, lleno de ciclistas en su propio carril. La ciudad, como el mundo, había cambiado.

Caminó frente al escaparate de una tienda de artículos religiosos que aún no abría. Miró su reflejo en el vidrio, miró sus arrugas, sus marcas de expresión, las bolsas, el tiempo, la mancha negra en su piel que comenzaba a salir de su envejecido escote.

-¿Cuánto tiempo…?

Asustada, apartó la vista y siguió caminando. Sus botas resonaban con golpes secos sobre el asfalto limpio. La oruga se detenía con suavidad sobre la estación, pero rugía con fuerza al acelerar.

Después de andar por 20 minutos, llegó al zócalo de la ciudad. Vio palomas volar cerca de las fuentes de la plaza central.

Ahí muy poco había cambiado: cuatro jardines cuadrados con una fuente central, rodeados en las caras norte, sur y este de altos edificios departamentales sobre portales. Aún existía ese hotel donde había dejado su aroma sobre las almohadas. Caminó entre los arcos del zócalo mirando las tiendas de ropa, cafés y restaurantes aún con las cortinas cerradas. En la cara oeste, el palacio de gobierno y una pequeña iglesia franciscana, en cuyo antiguo atrio había una fastuosa fuente con 4 lobos que sostenían con sus cabezas un plato de donde escurría el agua.

Un gato salió de entre los arbustos de uno de los jardines y se dirigió maullando a una cafetería que recién abría. Laura se sorprendió al ver que aún existía ese local y se acercó con el paso lento y tranquilo del gato. Vio salir del local a joven mesero, envuelto en la música que manaba de dentro,  sacando un par de mesas. En la primera que instaló, Laura se sentó.

Cuando ella estuvo por primera vez en ese café, recién cumplía 18 años. Esa mañana Laura cumplía 65 años.

 

En dos novelas que escribió, las únicas con imperceptibles rasgos y temas autobiográficos, habló de ese café.

(Ella era una autora que se caracterizaba por casi nunca hablar de ella misma, hermética hasta el cansancio sobre su vida privada.)

En ellas, Laura se metió en la piel dos personajes masculinos diferentes: un poderoso general retirado y un carpintero mesiánico.

Laura sacó una libreta de su bolso y escribió detalladamente los momentos desde la aparición del gato y lo que sucedía en esos momentos al pedir un café negro. En sus dos novelas, un general retirado regresa a esa mesa después de muchos años, donde sin el característico bigote con el que lo identificaban en la vida pública nacional como un símbolo de la muerte y el poder, hacía contabilidad de las personas que asistirían a la boda de su nieta, en la cual incluía a sus antiguos enemigos asesinados, percatándose de su delirio; en cambio, el carpintero mesiánico, quien era la tercera encarnación de un moderno dios, se encontraba con uno de sus discípulos en ese café para narrarle la experiencia que vivió la noche anterior con alcohol y una hermosa prostituta, haciendo dudar en silencio al horrorizado y santurrón discípulo, mientras el profeta entendía que la iluminación siempre ha estado entre los seres humanos, ciegos y desconsolados, los cuales venerando a dioses más antiguos que él, como Oro y Poder, negaban su naturaleza más básica.

 

Terminó de escribir y revisó el mapa de la ciudad en su teléfono. Hacía meses había podido localizar la casa. Era hora de buscarla. Decidió llegar caminando. Bebió el restante de su café de golpe y compró un cigarro suelto a un lustrador de zapatos. Torpemente lo encendió e inhaló, pero curiosamente no le arrancó un ataque de tos como siempre se imaginó. Sonrió al darse cuenta que años de fumar pasivamente la cajetilla entera de su jefe de redacción le habían dado callo a sus pulmones. Entró en razón y rompió el encanto de la experiencia al mirarse en otro cristal. Tiró el cigarro y lo pisó. Se miró las arrugas un instante y caminó con mayor velocidad a la casa, sobre la larga avenida López Mateos. Esta vez no vio su reflejo, sino el de su padre enfermo.

 

En el horizonte de la avenida, el sol aún se levantaba, pálido por el invierno, moviendo la ciudad. La  neblina matinal se disipaba. La avenida era cruzada por un canal de concreto, con un delgado arroyo serpenteando por él. Caminó mirando unas cuantas aves blancas revolotear sobre el cadáver de un animal irreconocible. Llegó a la casa marcada en los mapas de su teléfono. Para llegar a la puerta principal, había que bajar 10 peldaños de con musgo seco. Marcas antiguas de disparos y metrallas se dibujaban sobre la superficie de la  pared. Sobre su cabeza, había una terraza con un agujero en el suelo, justo sobre la puerta principal. El boquete también se abría en el techo de la terraza, en el segundo piso. Bajó la mirada, dibujando lentamente la trayectoria desde el cielo y un pequeño cráter yacía frente al umbral. Ninguna de las cicatrices estaba oculta por la presencia de macetas con plantas verdes, algunas floreadas, una vasija y una bicicleta muy antigua que Laura reconoció. Se acercó a la bicicleta y pasó su mano sobre el marco oxidado y despintado.

Tragó saliva y olió sus manos, preocupada por el olor a tabaco, pero al oler profundamente su palma blanca, se percató del aroma a tierra mojada. Alguien abrió la puerta a sus espaldas y ella se congeló horrorizada. Una muchachita morena y de cabello muy largo y negro salió con un bolso de mandado de colores con un girasol. La chica, muy jovencita, la miró de arriba abajo.

-Hola… buenos días –dijo Laura.

-Buenos días… ¿qué se le ofrece? – respondió la morena con una mirada extrañada por el semblante de Laura, a quien se le notaba el esfuerzo de estar ahí.

-Hola… este… no sé si… bueno, mira, estoy buscando a Adrián Olivares.

-Ah… está bien. ¿Quién lo busca?

-¿Él vive aquí? ¿sig… sigue vivo?

-Este… sí, señora…Pero dígame, ¿quién lo busca?

Laura no pudo contener la sonrisa y el terror emocionante en su pecho. Sintió un golpe frío por todo su cuerpo y sus rodillas temblaron un poco.

-Dígale que lo busca…

Al verla tan vulnerable, la morena le sonrió y creyó suponer un poco de quién y qué se trataba. La invitó a pasar.

-Deje le llamo, acaba de despertarse.

La morena la condujo a la sala y le pidió que se sentara en el sillón.

-¿Gusta un vaso de agua? – preguntó la morena, dejando la bolsa de mandado sobre una silla.

-S… sí, hija, te lo agradecería mucho.

La morena fue a la cocina y regresó con un vaso de vidrio transparente con agua y una servilleta. Laura la bebió de un golpe. Estaba sedienta y el café para nada calmó su sed. La morena le recogió el vaso y Laura agradeció.

-Espéreme un segundo, señora. Voy a llamarlo.

Al quedarse sola, los nervios de Laura estaban en estado de alerta, pero no cruzaban la línea, sino que esperaba excitada el momento inevitable. Miró alrededor. La sala y el comedor estaban la misma habitación, la cocina, muy pequeña, en una segunda habitación. Veía cochambre en las paredes alrededor de la estufa, trastes sucios en un lavabo. Era una casa muy austera. Nunca se había puesto a pensar cómo sería la casa de él. Pero las mesas y mesitas estaban repletas de de objetos acumulados, algunas prendas de hombre y de mujer sobre las sillas del comedor, revistas, libros, vasos y copas, unas cuantas botellas vacías, cajas de madera, herramientas, marcos y estructuras de madera arrumbadas, polvillo de aserrín. No olía a una casa oscura y húmeda, sino a madera y a herramientas, el aroma típico de cualquier taller que él tuvo. Cerró los ojos y buscó aromas: comida, el perfume de la morena, un tenue aroma a tabaco aromático. Sólo se escuchaban el ruido de los coches pasar sobre la avenida y los pasos de la muchacha en el segundo piso. De repente había música bajando del segundo piso.

Just a song we shared I´ll hear, bring memories back when you were here.

Laura no pudo evitar levantarse y andar un poco por la casa. Fue directo a la mesa a ver las revistas y libros acumulados: números muy viejos de Letras Libres, Arroba, Nexos, Memorias, Proceso, Silveria, Revista de la Universidad, Dígito, Luvina, números donde ella había escrito y a lado, libros, muchos, pilas enteras, y entre ellos una vieja edición de su novela Capitulo cuatro, publicada en el cincuenta aniversario de Rayuela, cuando ella tenía 24 años, ganándose el reconocimiento de varios editores y su lugar en Memorias.

Of the dreams we dreamt together,

of love we vowed would never melt like snowflakes in the sun.

Lo hojeó. En la portada había una cita con letra que indudablemente era de Adrián: “Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.” Inmediatamente reconoció de dónde había tomado la cita y sonrió.

Memorias de Adriano, de Yourcenar – dijo en voz baja. – La traducción de Julio Cortázar.

Pasó a la siguiente página y encontró la dedicatoria que ella puso: “A Matías R.”. Cerró de golpe el libro y buscó otro sobre la mesa. Encontró la novela de su general atormentado, Un paseo por los muros de la ciudad. En la portada, debajo de su nombre, otra cita con el puño y letra de Adrián: “El individuo puede idear toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales saca un impulso para los grandes esfuerzos de su actividad; pero cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, de falta de objetivos y de esperanzas, cuando a la pregunta planteada, consciente o inconscientemente, pero al fin planteada de alguna manera, sobre el sentido supremo más allá de lo personal y de lo incondicionado, de todo esfuerzo y de toda actividad, se responde con el silencio del vacío, este estado de las cosas paralizará justamente los esfuerzos de un carácter recto, y esta influencia, más allá del alma y de la moral, se extenderá hasta la parte física y orgánica del individuo.”

Laura volvió a sonreír con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.

La montaña mágica.

Sonó el último coro de la canción que se deslizaba por la casa, adheresado con un cuarteto de cuerdas y Laura escuchó que dos personas bajaban las escaleras. Con lágrimas en las mejillas y con el libro empolvado en las manos, volteó a ellos.

La muchacha morena bajó, seguida de Adrián. Él traía puesta una camisa azul y pantalón café a rayas, su cabello era canoso y peinado, húmedo por la prisa. Al mirarla, abrió la boca sin decir una palabra.

-Los leíste –dijo Laura, con el libro en una mano.

-Cada una de tus palabras… -Adrián se acercó a ella lentamente, pero con un aire melancólico de felicidad y familiaridad. –Me sorprendió tu crítica a Lerma Payós, yo lo conocí… Después de que la leímos, lo acompañé en su borrachera. Bueno… qué decir.

-Sólo le dije que no se tomara las cosas a la ligera… -se acercaron tanto que él la tomó de la cintura y ella posó sus manos en sus hombros. –No era para tanto. ¿Valió la pena semejante peda?

-Cada trago. –dijo él.

-Ahora es el rey.

-Y yo el que le hizo su trono.

Se abrazaron largamente, diciéndose palabras que la chica morena no escuchó.

-¿Cuánto tiempo? – preguntó Laura.

-Mucho tiempo

-No… en serio, ¿cuánto tiempo?

-40 años.

Se miraron a los ojos unos instantes, casi con los labios juntos y el abrazo prosiguió. Después de unos minutos, Adrián aterrizó.

-Ah, sí, lo siento. –Adrián miró a la morena. – Laura, te presento a Laura. Laura, te presento a Laura.

La escritora se sorprendió y rompió en llanto. La morena, preocupada, se le acercó.

-No, no, estoy bien. –Respondió la escritora. –La llamaste…

-Me llamo Laura Leonor, señora. Mucho gusto. –respondió la chica morena.

Ambas se dieron la mano, Laura sonrió y Leonor le correspondió. Laura reconoció los ojos de Leonor. Eran iguales a una mujer que conoció muchos años antes. Laura la abrazó fuertemente, con alegría y después con desconsuelo.

-Usted es la escritora… He leído todos sus libros, señora. Bueno, me gustaría quedarme más tiempo, pero debo salir al mercado. Espero pueda estar aquí para nosotros y podamos comer juntos. Ustedes, creo que…

-Sí, hija, descuida. Vete con mucho cuidado.

-Sí, papá. ¡Con permiso, señora! Mucho gusto.

Al salir de la casa, Adrián invitó a Laura a sentarse. Se volvieron a abrazar largamente.

-No has cambiado… -dijo Adrián.

-Yo… -dijo Laura, quien comenzó a alertarse, cayendo en la cuenta de que estaban uno frente al otro.

-No, no, no, no. Espera. –Él le tomó la mano. –Déjame verte.

Le tomó el rostro, ella queriendo ocultarla en el pecho de él, dejando rodar unas cuantas lágrimas.

-Tú no has cambiado nada.

-Eso dejó de funcionar hace mucho tiempo. Estoy muy vieja ya.

Las palabras que Laura expulsó de su boca las había contenido por muchos años. Respiró después de decirlas. Quedó mirando los ojos de él, esperando su reacción, pero él no dejaba de mirarla con los mismos ojos cuando adolescentes.

-Tu piel de leche, labios carmín, mi chiquita preciosa. –le dijo Adrián.

-Chiquita preciosa…

Laura ya no se sintió intranquila, se sintió a gusto, casi en casa. La noche anterior sintió el impulso enorme de viajar a Ciudad Silva, que había dejado 40 años antes, después de su separación. El ruido del exterior desapareció de sus oídos, sólo el ruido de un goteo y una imperceptible canción en el segundo piso eran la banda sonora del momento. Se sentaron en silencio, tomados de las manos, mirándose. Un lento beso en los labios dialogó por ambos. Sonrieron al separarse y se abrazaron.

-Adrián. –dijo ella.

-¿Sí?

-¿Esa jovencita es tu hija?

-Ella, Laura María, es mi hija, Laura Leonor.

-Leonor… como…

-Sí, la hija que nunca tuvimos…

-Tú y yo nunca tuvimos una hija, pero así le hubiéramos…

-Ella es mi hija más joven. Tiene 19 años, se quiso quedar conmigo.

-¿O sea que tienes más hijas?

-Tengo otros 5 hijos, tres muchachos y dos muchachas, más grandes que ella.

-¿Cómo le hizo tu mujer para tener tantos hijos?

-Bueno… no son de la misma madre.

-Ah, ya entiendo. Sabes… yo nunca te hubiera perdonado eso.

-¿Qué cosa?

-Que me hubieras dado una hija y luego a otras mujeres. Nunca te lo hubiera perdonado. Jamás.

-Ambos sabemos que lo que sucedió…

-Sí, lo sé…

Hubo un silencio incómodo entre los dos.

-Yo nunca te culpé de… Es hermosa. Es como siempre la imaginé. Ojos grandes, cabello negro, morena.

-A veces me parece verle algo de ti en ella.

-¡Ay, no exageres, Adrián!

-¡En serio! ¿Nunca te sucedió?

-¡Claro que nunca me ha sucedido! –Laura rio. –Eso no era ni normal ni bueno.

Laura recordó los ojos de Matías en la oscuridad, al momento de hacer el amor muchos años antes. No lo reconocía y dolorosamente para ella, su cuerpo estaba en otro lugar, con otros ojos.

-Dime –dijo Adrián. –Matías…

-Él… -el semblante de Laura se oscureció. Por unos segundos, sus ojos se perdieron.

-No importa… -respondió Adrián.

-Él murió hace unos años. Vivimos juntos todo este tiempo y… nunca nos casamos, nunca quisimos tener hijos, yo ya estaba casada contigo y no estaba bien buscarte para un divorcio…no quise buscarte más -Laura se mordió los labios y miró a otros rincones de la sala.

-Técnicamente seguimos casados. –el aire oscuro salió por la ventana, arrastrado por la oruga. Ambos sonrieron profundamente. -¿Dónde están tus maletas?

-Hoy es mi cumpleaños.

Adrián soltó una pequeña carcajada, llena de color. Laura también rio un poco, llevándose a la boca la mano. Adrián tomó su mano y se la quitó de la boca. Ella sonrió ampliamente, como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Laura siempre creyó que el momento favorito de Adrián era el atardecer. Nunca se lo preguntó, nunca hizo referencia a ello, pero un solo comentario de Adrián, muchos años antes, lo dijo todo para ella.

-¿Escuchas? No hay sonido.

Cuando el atardecer terminaba y la noche caía, Adrián guardaba silencio y ponía un poco de jazz en su computadora. Fue una de esas noches, cuando finalmente vivían juntos, al terminarse una botella de vino tinto y medio baguette cada quién, cuando Adrián fue a la habitación, brincando entre libros apilados y papeles acumulados, tomos encuadernados de la tesis de ella, para traer algo.

When you´re near, there´s such an air of spring about it

I can hear a lark somewhere begin to sing about it.

Ambos comían en el piso, no tenían mesa ni sillones, sólo un colchón, cobijas y un router viejo. Adrián ya había comenzado a hacer una mesa cuando el vendedor del departamento se animó a dárselos al precio que ellos pedían. No tardaron ni un día en irse a vivir juntos con apenas lo que tenían.

There’s no love song finer, but how strange the change, from a major to minor ev´ry time we say goodbye.

Regresó a la sala sin muebles y se amarró el cabello largo como cola de caballo. Laura, nerviosa, se sentó sobre sus rodillas frente a él.

-Laura.

-¿Sí? –preguntó ella. Apretó sus manos contra sus rodillas, su respiración se aceleró y se relamió los labios.

Adrián se sentó frente a ella, sacó una cajita negra del bolsillo de su pantalón y se la presentó como un ofrecimiento ritual. A ella le brillaron sus ojos y su corazón se aceleró en el momento que los dedos huesudos y morenos de Adrián se disponían a abrir la caja.

Epilogo.

-Adrián.

-¿Sí?

La casa que Adrián se construyó durante 20 años, para él y sus hijos. Tenía una pequeña terraza con plantas que daba al poniente. Diario salía a fumar su pipa hasta el anochecer, después de un día de trabajo en el taller.

-No traje mis cosas. –dijo Laura.

-Te compraremos más cosas.

-Adrián.

-¿Sí?

-No traje mis libros.

-Aquí tengo todos tus libros, son tuyos.

-Adrián.

-¿Sí?

-No me queda mucho tiempo.

El atardecer terminó. Se encendieron las luces de la ciudad. El cielo era raso y la primera estrella de la tarde flotaba sobre las montañas. Sería una noche estrellada y fría. Laura se levantó y fue hacia Adrián, quien miraba en silencio la ciudad. Se recargó sobre el barandal, junto a Adrián. El calor de ambos se hizo uno. La noche olía diferente.

-Entonces yo te cuidaré.

Laura dejó de temblar.

Cayó la noche.

 

A mcmm (ch.pr.)

noviembre, 23 y 2015

enero, 27 y 2016

Por: Max Román

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