Los cincuenta años de Elena de Troya

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Hay pecados cuya fascinación está más en el recuerdo que en la omisión de ellos.

Wilde

Una mañana “Ése” despertó envuelto en sudor frío, jadeando con los ojos muy abiertos dentro del aire y la oscuridad de su choza. Hormigas líquidas e invisibles se arrastraban por su rostro, enroscándose en su larga barba para después precipitarse como un hilo fugaz hasta las tibias telas de su petate de telas y ropas viejas. Su cabello enmarañado caía sobre su espalda tostada y curtida con las mismas hormigas metiéndose hasta su columna huesuda. Hacía muchos meses que el sueño de las flores no venía a sus cálidas noches. En aquellos sueños veía las flores crecer y hablar unas con otras al final de un campo de almas que iban de aquí para allá, conversando, comiendo humo y espinas de maguey. En aquel sueño “Ése” miraba una torre de pedazos del cielo que se elevaba haciendo contacto con el cielo en el ombligo de la luna. Aquellas almas de muertos no podían ni tocarla, solamente la admiraban, mirando la torre de sus lamentaciones con tesoros a sus espaldas.

“Ése” se levantó dolido, como si hubiera sido golpeado por una antigua explosión (que tantas vio en su juventud) y las memorias retornaron a su cabeza. En su juventud fue un gran hombre, un hombre de guerra, respetado y vituperado, glorioso en su triunfo al cruzar las calles sobre un tanque con una bandera. Como fue soldado, mató muchos hombres y muchas mujeres.

Se levantó, salió de su choza y se talló los ojos al recibir el sol directo. Miró a su alrededor mientras sus ojos se adaptaban a la luz matutina. Entonces vio a dos espíritus casi translúcidos jugando ajedrez frente a él, en un tablero fino de marfil y usando como mesa una vieja caja de munición. Los espíritus lo miraron y lo saludaron. El tardó unos segundos en responder el saludo. Se acercó y miró las jugadas. Uno de ellos le era familiar, el otro no, era solamente un paracaidista como muchos otros, incluso aún cargaba el paracaídas en su mochila y su carabina sobre el hombro. El fantasma familiar era  un hombre maduro, alto y robusto, vestido con traje de alto mando militar, bigote blanco que bailaba por un viejo tic que hacía caer unas gruesas gafas a la punta de la nariz, recogiéndolas con el dedo índice constantemente. En la solapa del saco portaba brillante una banderita pequeña, el símbolo contra el que “Ése” combatió.

-Esa no va ahí, hermano –dijo “Ése” corrigiendo la jugada.

-Shhhhhh –Exigió el oficial. Una gota de sudor recorrió su bigote y cayó sobre en el suelo sin mojar las piedrecillas.

“Ése” miró hacia un extremo del cielo nublado, entre las espesas y oscuras nubes del invierno nuclear que forraban el cielo desde hacía 50 años, se formaba un círculo perfecto que dejaba entrar un trozo bien delineado de azul celeste, pero se hallaba muy lejano, más allá del bosque donde él habitaba. El viento comenzó a susurrar en las copas del bosque descolorido y un silencio sepulcral invadió el frío rocío en las alas de las mariposas. Un ave pasó a ras del pasto frío de la mañana y tomó a un roedor con sus garras elevándose hacia el cielo, rozando un rayo pálido que daba a los ojos de “Ése”.

-Allá es donde están los otros. –dijo el viejo oficial moviendo una pieza con sus gruesos y oscuros dedos de antiguo obrero.

Las hormigas detuvieron su marcha y sincronizadas miraron al cielo. “Ése” las sintió por todo su cuerpo con la estática punzante de un ejército en posición firme. Regresó presuroso a su cabaña. Abandonó ahí todos sus recuerdos materializados en un museo de objetos viejos, tomando solo su vieja cantimplora y el viejo rifle de asalto alemán con el que había peleado. Entonces encendió una rama y prendió en llamas su cabaña. Las flamas bailaron una y otra vez sobre sus recuerdos, sobre muchas cosas que durante su juventud tuvieron importancia y ahora que acudía al verdadero llamado, ya no importaban.

Caminó por días a través del bosque, cuidándose de las patrullas y guarniciones blindadas que todavía  resguardaban las viejas carreteras federales. Al descansar cada noche, se acostaba sobre el pasto y las memorias calentaban su cabeza con los ojos cerrados y las manos preparadas en el fusil. Una tarde, al descansar bebiendo agua, recordó a Elena, su rostro y la guerra involuntaria en sus ojos. Él la conoció desde joven, desde que ambos fueron al mismo salón de clases universitario: enérgica, abierta como una flor blanca, aguerrida en su postura. Mucho después, por la obsesión que los hombres le tenían y el deseo de poder que ella influenciaba por su belleza, la guerra encendió primero la Ciudad, consumiendo el bosque donde “Ése” luchó por última vez.

El país ardió. El fuego se asemejó a un maremoto. Soñó una noche con aquel día en el que caminaba con su fusil, nervioso, sudando por el calor de las ramas negra y crujientes; las aves cocinadas con violencia y el olor a muerte, y carbón del aire que hervía de tal manera que parecía que el aire mismo gritara. La muerte rondaba por los troncos muertos y de pie con la firma del infierno de días antes. Encontró entre todos los escombros un montón de huesos apilados, centenas de caballos con el trote ahogado en el mutismo del aire. Eso lo aterró al grado de querer desertar de la columna. No volver a matar.

Amaneció y continuó su camino. Al ir acercándose al lugar el calor aumentaba y miraba cada vez más a su alrededor, no solamente a los muertos por sus manos, sino también a sus familiares y conocidos. Un día encontró a su madre tallando una camisa en una piedra. “Ése” se acercó e intentó levantarla, pero ella pesaba como una roca y el olor carbonizado era penetrante. La miró durante un rato sintiendo el calor de su piel besándole la cabeza, la forma en que siempre le presentó respeto. Finalmente ella se sentó a descansar.

-Qué calor, mijo. ¿Cómo puedes aguantar con semejante chamarrón puesto? Déjame quitártelo, ¡ándale!- de repente desapareció y “Ése” por poco inunda el bosque con sus lagrimas.

Tras muchísimo caminar, cruzando bosques y algunas praderas secas infestadas de patrullas militares, llegó a aquel lugar. Se acercó lentamente, con precaución, y una densa niebla rodeó su visión. Se alertó y sostuvo su rifle en postura ofensiva, sujetando el lanzagranadas vacío muy fuertemente con la mano derecha. Sus pasos se delataban en el silencio, avanzando lentamente con la barba rosando la culata del rifle. Cortó un cartucho y el sonido metálico recorrió el aire al escuchar el pasto crujir a dos metros de él por un rápido movimiento. Observó alarmado por la vieja mira holográfica del rifle y llegó lentamente al perímetro de una pradera apenas visible, donde encontró a través de las nubes lechosas un bunker de concreto. Miró el concreto frío, tocándolos son los ojos, y se dejó llevar por el recuerdo, sosteniendo la respiración y mordiéndose la lengua. Cayó inconsciente por el cansancio y siguió recordando.

Siendo niño, saliendo de la secundaria, con el sol golpeando su cabello lacio y grasoso por el fijador, caminaba con sus amigos a la heladería cercana y compraba un helado de queso. Miraba a su alrededor. En invierno y primavera, el concreto sucio y gris parecía humear el calor y los zapatos negros de los niños y las niñas se calentaban, quemando la punta de sus pies. Después de la escuela encontraba a su madre en el techo de la vecindad lavando ropa ajena para sacar unos pesos.

-Oiga, voy a hacer tarea. Estaré aquí abajo, jefa.

-Si, mijo, ándale.

Él y sus compañeros de combate decidieron retar lo establecido, hacer tambalear los cimientos del mundo, mover los cielos y desde entonces, a cada segundo, las hormigas líquidas le mordían la espalda por mover el cielo. “¿Lo habremos logrado? ¿Dónde se encuentra el resultado?” Abrió los ojos.

Había mariposas que revoloteaban sobre las flores, estas bebían del rocío matutino que se formaba sobre las fundas de los viejos cascos. Las cajas de municiones y los casquillos de artillería se habían vuelto madrigueras agujereadas de topos y otros roedores. Las flores crecían y se enredaban entre huesos y cráneos sonrientes y resplandecientes al sol. Habían regados por todo el paisaje cinturones, cascos, mochilas, rifles y metralletas, huesos, combinados con el olor y el color de la vegetación abundante que parecían estar hechas por pinceles impresionistas. Entre la maleza sobresalían carcasas de tanques, fríos metales doblados desde dentro, montañas de casquillos de artillería, y bajo el enorme cielo circular un camión abandonado junto a un tanque volcado. A lo distante, entre el cielo abierto y el bosque, un campamento donde los huesos se acumulaban.Caminó tranquilo entre el campo floreado, mirando como a su alrededor, sentados, caminando, conversando en un susurro ensordecedor, los muertos que había cargado por 50 años le saludaban y le sonreían. Él no sabía si responder el saludo o solamente seguir su camino, pero ninguno de los espíritus esperaba ser complacido, solamente lo dejaban pasar. En el centro de aquel campo floreado había un estanque pequeño con agua cristalina y en el fondo de esta, resplandeciendo por el mismo sol vivo, yacían descansando varios cráneos. Un muerto se acercó a “Ése”, imitando su curiosidad al asomarse.

-Esa creo que es mi cabeza, quién sabe, como mi cuerpo desapareció cuando me mataron, pues ni enterado.

En su camino encontró el tanque que comandaba un sujeto que él había golpeado con una botella en la víspera de la batalla. En el costado del tanque había pintado un número 141 amarillo, junto a una mujer abrazada por una serpiente. Él había estado en esta batalla, pero ya no recordaba muchas cosas. Se acercó al Centro de Mando enemigo. Las calaveras chamuscadas eran negras como la ceniza del bosque. El viejo jugador de ajedrez se le acercó y caminó junto a él.

-He aquí a los que jamás recibieron el castigo merecido, los que los mandaron a matar. Todos quisiéramos que ellos y Elena fueran castigados por lo que hicieron. Ellos no penarán, nadie aquí pena. ¿Cuántos han desaparecido completamente de tu memoria? ¿Cuánto se han comido las hormigas?

-¿Y tú hermano qué sabes de mi, sino que yo te maté y jamás hablaste conmigo?

-Solamente nos miramos, ¿recuerdas? Pero en mi mirada encontraste algo que nunca habías visto. Sé que pequé y eso jamás se va a componer, jamás obtuve el perdón de mi gente. Solo hay una masa, cada vez hay más fuera de ti, tu cuerpo cansado nos estará llamado. Ya casi estamos todos a este, tu lugar, ¿lo ves?

Las hormigas, “Ése” las sentía cubrir casi todo su cuerpo. Elena, por la cual tuvo que pelear en las calles y campos tanto tiempo. La razón por la cual él y sus mejores años combatieron por liberarse de un destino compuesto desde afuera, algo que estaba planeado desde hace mucho tiempo. La única ocasión que la odió y amó de frente fue aquel día saliendo de la universidad en que le presentó sus labios a un amigo suyo, y por ese amor que presenció lo abandonó todo. Se gestó la sonrisa del incendio. La causa y causante de la guerra. Por ese amor odiaba su mundo.

-Mira en lo que me he convertido, hermano. –dijo en voz baja. –Mira en lo que ellos me convirtieron.

Pasaron los meses. El sueño de la torre de luz, de pedazos de Cielo, volvió aquella mañana. Él ya era muy viejo, llegaba el final y tan solo deseaba una lata de cerveza. Diario, al recordar las hormigas líquidas en su espalda, sus antiguos amigos, miraba las carcasas de los tanques inundados de luz y las metralletas silenciosas, que le parecía verlas rugir de nuevo quitando las vidas de pobres que no tenían nada que ver con lo que ella había causado, lo que los de afuera causaron a su familia, a la nación.

El viejo se aisló en su paraíso interior, teniendo como alimento los recuerdos de un pasado que él sabía que jamás iba a volver. Durante las tardes se sentaba a comer flores y otros frutos secos que recogía de los bosques cercanos, bebiendo agua del pozo de los cráneos. Revisaba las viejas mochilas de los cadáveres encontrando toda clase de cosas, desde peines, libros, reproductores, comida enlatada perecedera, instrumentos y baratijas de todo tipo. El viejo vivió haciéndose una tienda con trapos, paracaídas, ropa y durmiendo en la fría coraza de un transporte blindado de personal. Siempre evitaba acercarse al viejo campamento de los cráneos donde reinaba la muerte y el odio, donde se encontraba aún, humeando carbón y enfermedades, el viejo esqueleto del comandante que los mandó a la batalla aún sabiendo que iban a perder.

Y los días pasaban comiendo flores sin tener hambre, mirando el sol sobre el cañón de artillería, leyendo una y otra vez Mujercitas sin tener apetito de compañía, jugando solitario mientras el fantasma del oficial robusto jugaba con los mismos competidores al ajedrez. Encontró un calendario del cual arrancaba páginas y páginas, contando desde la última fecha en la cual se dio la batalla, 30 de abril y desde ese día contó un año entero. La muerte para él se veía tan distante, dentro de su paraíso que no le impresionó que los atardeceres fueran tan hermosos como los mejores de su vida, podía estar en ellos todo el tiempo que quisiera y no necesitaba más. A veces se sorprendía de que nadie más encontrara ese lugar, de que nadie fuera y lo molestara. Después de pensarlo un poco, dejó de importarle. Contempló una guerra que ya había terminado.

Un día sintió un dolor muy fuerte en el estomago y cayó inconsciente en el pozo de agua.

Se hundió lentamente y tocó fondo. Bajo el agua abrió los ojos, miró al exterior y vio que el cielo se abría más hasta hacerse completamente azul. Todo se volvió blanco.

-Tenemos que tomar esa brecha, tú… ve por la izquierda con el primer pelotón, y tú… nos cubrirás con la ametralladora.

-Tu papá no fue una persona buena, pero perdónalo, él no tuvo la culpa, la carne del hombre tiene derecho; todo hombre necesita tener varias mujeres.

-Solo… solo quería llamarte, Simón… quería escuchar tu voz… porque lo siento crecer dentro de mí, por eso tienes que volver, te necesito.

-¿Lo mataste?

-Nunca me olvides, Simón.

Volvió a abrir los ojos y salió del pozo nadando. Al salir todo su paraíso había desaparecido. En el cielo, las espesas nubes lo cubrían todo. Los huesos podridos estaban cubiertos de pasto quemado y nieve tóxica. Todo estaba muerto. Caminó entre el campamento y los huesos con el olor a humo habían desaparecido. El calendario contaba aún el 30 de abril.

Y no volvió a sentir las hormigas llegando a su corazón, se habían disipado al ver el panorama con sus ojos minúsculos y devoradores. Solo existía el anhelo de la muerte, el descanso merecido. Su camino había terminado.

Ahora era débil, delgado y quemado por el frió. Se sintió feliz al haber llegado a aquel valle donde hace 50 años había perdido completamente la inocencia, donde el sentido de las cosas, de los hechos, no valían nada, el lugar donde comenzó de nuevo y habían recibido su bautismo de fuego.

A la hora exacta en que el sol ya no se encuentra más en este lado de la Tierra, miró a Elena, poco antes de escapar de la Ciudad, envuelta en un reboso negro entre la multitud, sobresaliendo por la luminosidad de su belleza a través de la vieja ropa de huida. La tuvo a tiro, pero la bala nunca salió de la cámara: y una hormiga negra lo mordió para desaparecer para siempre.

Minutos después, vio pasar un avión muy alto que marcaba una línea de humo entre las nubes y entonaba la canción de la vida y la muerte que tantas veces había escuchado. El fuego que tiró rodeó el bosque y la vida murió de nuevo. Y la vida murió de nuevo…

A Simón no le importaba si la vida volvía a nacer, si resurgiría de entre las cenizas como cuando caminó en el bosque después de que el amor de Elena lo quemara todo, cuando los cuerpos militares lo quemaron todo y lo abandonaran al tiempo. Miró un retoño de flor.

-Estoy quemado, hermano…

Comiendo hongos en la punta de un cañón de artillería, junto al esqueleto frío de un paracaidista, miró al cielo, donde antes de su último suspiro y un dolor profundo en el pecho, se elevaba una columna de luz hacia el cielo.

 Julio, una tarde y 2007.

Febrero, 15 y 2012.

Por: Max Román

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