Media luna

Foto: Ciela Herce
Foto: Ciela Herce

Luane abrió los ojos y levantó su mirada hacia el techo blanco de mi habitación. Cerró los ojos, tragó saliva sintiendo la fuerza acumulada en su vientre. Finalmente, exhaló el clímax y cayó acurrucándose sobre mi pecho. Quise abrazarla al instante, pero un solo movimiento de mis músculos me delató.

(Mala costumbre mía esa de abrazar.)

Se levantó de inmediato y se sentó en el borde de la cama, con sus piernas plegadas en flor, exponiendo en su poco vello oscuro el brillo aperlado de nuestras sustancias. Aún respiraba agitada. Sus pechos blancos y bien formados se levantaban con un imperceptible brinco, al llenar con aire su torax. Se agarró el cabello e intentó hacerse un chongo sin éxito. Miró a todos lados, buscando algo, respirando y sudando. Después me miró y se rio. A mí no me quedó de otra que seguirle la risa.

Moví la cabeza para contemplarla mejor.  Las cortinas se movían con el ligero viento de esa tarde de octubre. Era fresca y con cielo raso

-¿Dónde quedó mi cerveza? –preguntó ella, abriendo un poco sus piernas en forma de pétalos. Con sus dedos largos se quitó el exceso de fluido de su vello. En silencio me volví loco y respiré profundo intentando inútilmente capturar el aroma.

Tomó todos sus caireles y los acomodó sobre su flanco derecho, cayendo como una tormenta.

-Debe estar por ahí, pero de seguro ya se calentó. –respondí.

-Con tanta acción.

Ambos reímos.

Me dio la espalda y la luz la golpeó silenciosamente desde la izquierda. Un colibrí se asomó un instante por la ventana, pero decidió no entrar. Yo lo vi claramente, como si hubiera estado ahí minutos. Luane, dándome la espalda y en la misma posición de loto, levantó los brazos y los plegó detrás de su cabeza, tensando todos sus músculos. Bostezó como un gato con el mismo silencio del viento que soplaba. Cada detalle de sus músculos sobresaltaron con la dramática y sensual sombra que proyectaban. Pensé en fotografías de la luna, en como ella era su propia sombra. Hubieran sido necesarias muchas pinceladas para representar cada montículo de su luna. Ella seguía respirando: la miré: volteó la cabeza y de reojo me barrió.

Había un río central que bajaba hasta la flecha de su coxis, era el corazón del valle, luminoso en los bancos de arena; un par de montes gemelos sobre el mismo eje, oscuros en su cara oriental, erectas y orgullosas como alas invisibles; los flancos de su tronco caían con la gracia de una curva brasileña, pero sólida como una columna griega, para perder su base entre las sábanas.

-Tú te bebiste mi cerveza –me reclamó.

-Aquí he estado contigo todo el tiempo. –le respondí.

Se dio media vuelta manteniendo la misma posición. El aroma de nuestros sudores y fluidos en su vello llegó hasta mi nariz. Se mordió el labio inferior y yo me sentí endurecer. Me acerqué a ella y su aliento era de cerveza y cigarro. El sol comenzó a caer por la ventana cuando uní mis piernas a su loto. Las abrió más y la luna se asomó por la ventana.

Octubre, 30 y 2014

 

 

Escrito por: Max Román

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