Aquella tarde…

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A la hora de salir de mi oficina, la luz de la tarde es muy bella, cae suavemente durante el otoño sobre la extensa y ancha avenida, flanqueada de jacarandas y palmeras. Me aflojo la corbata al bajar por el elevador de cristal, buscando poder respirar un poco, exhalar el agotamiento, y a veces poder gritar un poco en el silencio. Bajo en el elevador solo desde el último piso, mirando la ciudad a través de las paredes de cristal. A veces llego a esperar hasta 10 minutos buscando la oportunidad de descender solo, no importa el tiempo, nadie me espera en casa, ni siquiera un perro (las gotas siempre caen del grifo silenciosamente) solo una que otra bacteria o una mariposa que se cuela por la ventana abierta. Así que bajo de mi torre de cristal, (el cielo) hasta tocar tierra y caminar en el aire pesado de la avenida. Frente a mi enorme torre, en la acera de enfrente, cada tarde bebo una cerveza, a veces un trago, y muy rara vez un té para los nervios.

Aquella tarde bajé del cielo y lo miré, un hombre sentado en una mesita delante de la mía. Me pareció verlo días antes, pero pensé haberlo confundido con uno de los recuerdos de mi abuelo. La madura luz otoñal golpeaba mi torre de cristal y se proyectaba sobre asfalto de la avenida, calentando un poco el atardecer frio que caía sobre la ciudad. El hombre (Cabello cano, gordo, piel obscura, enfundado en una chaqueta bomber muy vieja con un escudo que rezaba Airborne en el brazo derecho) mascaba su propia lengua, esperando su orden y leyendo una pequeña gaceta gratuita de las que regalan en la avenida. De tanto en tanto levantaba una servilleta de la mesa y se limpiaba la comisura de los labios. De la bolsa interior de su chaqueta, sacó una fotografía que contempló unos largos segundos hasta que su orden llegó. Se sobó las palmas ansioso, miró a la mesera, a la cual le dijo algo y…

(Alguien me interrumpió, un mesero joven. Pedí una cerveza oscura)

…sorbiendo su café, miró largamente al cielo

(La luz otoñal se incrustaba en cada uno de las superficies de la materia, haciendo de toda la avenida una enorme hoja café que caía del cielo, que se oscurecía muy lentamente.)

Le trajeron después un sándwich, que comió lentamente. No se le notaba ninguna prisa en comerlo y tomar su café. Un rato después, su café ya no humeaba, un sorbo frío y la taza la ponía sobre la foto, la cual miraba a ratos y después se perdía en un pensamiento que ni el mesero interrumpía.

(Esos meseros idiotas que creen que ignorarlos es una ofensa)

Yo le daba un trago a mi cerveza y lo miraba, a su cara dura y morena. Comenzó a tener un tic y me miró. Antes de que sus ojos se clavaran en mí, logré sostener mi mirada a una mujer a dos mesas de él, rubia y madura, con dos niñitas igual rubias, sus minimís.

(Adolescente y niña)

Volví mí mirada al viejo, él mascaba el trozo de sándwich mirando la fotografía, y aún con el trozo molido en su boca, bebía un sorbo de café negro, (tuve antojo de un sandwich) y yo intentando acostumbrándome a su tic, a sus mascar con la boca cerrada y los cachetes inflados como un trompetista. (Me hormiguea la cara)

Yo bebía mi cerveza y tomaba algunos cacahuates de un pequeño platito que la mesera rápidamente pasó a dejarme. Tomaba el puñito de cacahuates y sin limpiarme la palma salada, tomaba la botella de cerveza, hasta que me di cuenta de la lentitud con que yo lo hacía. Una pequeña brisa asedió todo el local y cerré los ojos un instante, disfrutando íntimamente de ella. Miré al viejo (La luz otoñal se reflejaba en el edificio: el edificio se reflejó en el cielo.) y este ya no estaba, había desaparecido.

Miré mi mesa y ahí estaba la fotografía que yo había mirado toda la tarde, una postal que mi hija me había mandado desde Roma, una foto del Éxtasis de Santa Teresa. Al terminar mi café, las rodillas ya me dolían, pensé en que había sido un día muy pesado en el taller mecánico. Dejé 40 pesos sobre la mesa y caminé con tranquilidad en dirección a mi casa, no sin antes buscar al hombre de traje y corbata floja que me había mirado largo rato

(Imbécil)

detrás de una cerveza. Ya no estaba, ya no había luz y sentía un poco de frío.

A Karina.

Marzo, 13 y 2014

 

Escrito por: José Maximiliano García Román

 

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