El aroma de la costa

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La gran mayoría de los viajes de mi infancia y mi adolescencia fueron a la Costa Chica de Guerrero, específicamente entre Acapulco y Ometepec. Mi familia entera y yo íbamos metidos como felices sardinas en una Ichiban que mi abuelo compró a inicios de los noventas. Se volvió tradición de cada año el hospedarnos en el pueblo costero de Marquelia y dormir en un pequeño hotel sobre la carretera federal. Desayunábamos  a las 10 y comprábamos la comida de la tarde en el mercado local, con puestos de tablas de madera y piso de arena sólida, atestada de moscas a las que uno se acostumbraba en minutos.

En los primeros viajes, recorrimos durante horas la carretera costera buscando el camino, muchas veces de tierra y arena, para llegar a las playas a las que nos invitaban los lugareños cada mañana. Una mañana nos recomendaron una playa a un kilómetro y medio en terracería, muy bella, pero ya manchada por la población hotelera y restaurantera.

(A esa playa iríamos cada año, hasta dos veces, en enero y en julio, que eran las vacaciones escolares mías y de mis hermanos.) La arena era negra, en parte por su origen volcánico (dato del que me acabo de enterar por internet) y por el aceite de las pocas lanchas que traían y llevaban turistas a pasear por la costa; sin embargo, extensos bancos de arena amarilla bajaban hasta las olas. Nosotros preferíamos bajar por esos bancos, aunque la arena era tan caliente que nos quemábamos las plantas de los pies y no nos deteníamos hasta meterlos al agua.

Mi familia estacionaba la camioneta sobre el camino que nos traía a la playa, bajo la sombra de una casa que vimos crecer desde su construcción hasta que una familia vivió ahí feliz, dos años después de que el gobierno intensificara la guerra en la región. Caminábamos unos cuantos metros desde la camioneta hasta las primeras palapas de la playa. Cargábamos bolsas con ropa de mis tías, comida, petates, un six de cervezas y nos plantábamos bajo la misma palapa todos los años. A la señora que nos atendía no parecía afectarle el paso del tiempo, aparecía frente a nosotros como una figura eterna, inamovible en el color y textura de su piel.

(La descripción exacta y literaria de cada uno de los personajes anónimos en mis recuerdos es inútil; en cambio, el banco de imágenes de mi mente busca a una señora indígena o mestiza, costera con un tono de piel similar, con una estatura similar y el contorno de su cuerpo delgado y fino como una mecha quemada, y la viste como alguna vez vi a mi abuela. Tomo la imagen de la madre de mi abuelo guerrerense, allí está, limpiándose las manos en un mandil,  todo el residuo fresco de la masa de las tortillas o la sal de los pescados, el jugo del jitomate rebanado).

Antes de que todos corriéramos al agua y nadar como polluelos entre las manchas de aceite (más grandes cada año), y los enormes trozos de madera flotante, (pequeñas selvas flotantes) nos bañábamos bajo una regadera en un cuartito de ladrillos de hormigón sin techo y un escusado que solo podía activarse cuando le vaciabas una cubeta entera de agua.

Yo siempre preferí bañarme solo y quedarme unos minutos bajo el agua fría, que con el calor se sentía tibia y sabía muy dulce. El chorro de agua también cambiaba con el transcurso de los años. El primer año fue de una regadera normal, el segundo con la misma potencia, pero menor número de hilos de agua, y así hasta que solo quedaron varios hilos transparentes, pero más gruesos y ruidosos.  Yo me plantaba bajo la regadera y miraba al cielo. Entre el azul perpetuo (nunca vi un solo día nublado en todos mis años en Guerrero) y yo, había una frondosa palmera que se mecía con el fresco y salado viento. A las 11 de la mañana, los rayos se filtraban entre sus filosas palmas y un arcoíris se abría con el rocío de la regadera. Bajaba la mirada y enfrente podía ver, a través de los agujeros de los ladrillos, la extensión de pasto alto y los árboles que circundaban las habitaciones donde los turistas se hospedaban.

(Más bien parecían cabañas comunales hechas de ladrillo rojo, muy poco ventiladas. Una vez nos instalamos en una de esas habitaciones, solo para probar. Tomamos una habitación de la carretera al día siguiente.)

Tenía ante mí una panorámica completa del área habitacional, y en un extremo del jardín-patio se quemaba la basura. Una enorme pila de materia carbonizada emitía tronidos, y tras cada uno de ellos, un ligero movimiento en la materia le daba una animación fugaz, como si un animal quisiera salir escarbando de ahí e instantáneamente se arrepintiera y se quedara quieto. Había pequeñas llamas vivas dispersas sobre el montón oscuro de ramas, envolturas de todos los materiales, recipientes, materia orgánica en putrefacción, telas viejas, y, claramente visible, un zapato tenis: todo el deshecho que una familia podía tener en su casa. La columna de humo negro se elevaba, arremolinaba, giraba y se imponía por entre varias palmeras con menos fuerza que cuando comenzó el fuego, pero aún era imponente.

Mi hermano tocó la puerta de madera vieja y mal pintada, era su turno y yo me apresuré. Un aroma dulce y tostado inundó el baño, oscuro, pero sutil, que sería el característico de todos mis viajes a Guerrero. Esa noche salí solo del hotel a comer tacos en el puesto de la esquina, y ahí estaba ese olor. También en la carretera al abrir la ventanilla, entre las hojas de los bosques de palmeras plantados en líneas y cuadrículas, en la costera de Acapulco, en la orilla y en las aguas de la laguna de Chautengo, incluso en el atrio de la iglesia de Ometepec, de donde era mi abuelo. Guerrero para mí siempre ha olido y olerá a la carbonización de todos los elementos humanos, permanentes o desechables, a mis recuerdos.

Hace mucho tiempo que no he regresado a Guerrero, y en muy raras ocasiones, el aroma viene a mí, a mi ciudad, es traído por el viento. Cargo una gran nostalgia por el mar y por el olor a quemado de Guerrero. Esa tarde, el gran funcionario salió a dar una conferencia de prensa, donde con una voz apagada y con una forzada tristeza (la otra cara de la gran voz con violencia forzada que amenazaba a maestros y criminales en las entrevistas de la radio que transcribí hace un año) mostró a los medios las imágenes de los rescoldos de una quema inmensa, como la que vi muchas veces en las hierbas de la costa. Ante su silencio al mostrar las imágenes silenciosas que los peritos filmaron, hizo falta alguna versión del Magnificat (Arvo Part o Caleb Burhans) y hacerla, con los testimonios de los presuntos asesinos, un fragmento de un fino documental de Herzog. Me pregunté a qué olería ese Guerrero. Durante esos días, leí la novela Sin destino, de Imre Kertész, donde encontré este fragmento:

Entonces percibimos claramente aquel olor difícil de definir que ya nos había llamado la atención: era un olor dulzón y pegajoso, con deje a residuo químico ya conocido, un olor tan intenso que casi me hizo devolver el pan. No nos fue difícil descubrir que procedía de una chimenea situada a nuestra izquierda, en la dirección del camino asfaltado, pero mucho más lejos. Parecía la chimenea de una fábrica y, según la respuesta que nos había dado alguno de los soldados, era en realidad la chimenea de una fábrica de cuero. Yo asocié aquel olor con el de otra fábrica de cuero por la que pasábamos algún domingo, cuando iba con mi padre a ver un partido de fútbol en el estadio de Ujpest.

Las imágenes se mezclaron en mi cabeza: Auschwitz, Marquelia, Guerrero. El hombre con buena memoria nunca recuerda nada porque jamás olvida nada, dijo Beckett de Proust. Y la nariz de Proust, hasta donde sabemos, nunca lo engañó, sino que fue uno de sus instrumentos principales para recuperar su memoria perdida. Para mí, el dulce aroma de la costa siempre ha estado ahí, siempre presente en mi nariz, imposible recordarlo, al igual que el perfume de las personas.

Me siento identificado con Kertész Pero, ¿lo que yo olí era la muerte? Sí, y no de los muertos de Kertész o Guerrero, sino la muerte de todas las cosas, de la materia, identificable o no. Ni siquiera fue la transformación de las cosas, porque no tendría ninguna forma o utilidad posterior, serían reducidas a una nada acumulable donde su posible función posterior sería quemar sobre ella más materia inútil. Son nada sobre nada. Si existe la muerte de todas las cosas, también existe la fragilidad de todas las cosas mismas. El quiebre de esa fragilidad es un proceso exento de la naturaleza misma, del proceso de nacimiento y muerte, sino que al encontrar la fragilidad misma es un acto violento, arrebatar la forma y funcionalidad, romperla y reducirla a su mínima expresión. Objetos que guardaban recuerdos, aromas, palabras y que ya no importaban, contenedoras de algo humano, pero sin importancia, porque algo establecido dijo que eran contenedoras de vacíos.

Ni Kertész ni yo supimos identificar lo que sucedía en ese momento debido a nuestra ingenuidad y juventud. Nuestra nostalgia por Guerrero y Auschwitz huele dulce. Vi las copas de las palmeras lo suficiente para tenerlas bien grabadas en mis recuerdos, igual que aquel tenis que dejó de ser blanco para chamuscarse y derretirse. Kertész vería sin duda en esa playa una chimenea debajo de una columna de humo. Y habrá más columnas de humo, más chimeneas, más objetos apilados e incinerados, más vacío carbonizado y recuerdos arrastrándose en el viento hacia el cielo.

Todos miramos en nuestros recuerdos elevarse algo al cielo. Muchas veces tengo miedo de que los recuerdos me engañen y encontrarme con la verdad de que era la palmera la que se quemaba, que era toda la playa en llamas y la pila de basura era el paraíso tropical, que no hubo estudiantes, ni judíos, ni víctimas, sino que es el mundo el que se va con las llamas que carbonizan hasta la tierra, lo humano que se quema, porque cuando nosotros desaparezcamos solo quedará el mar y el vacío.

 Diciembre, 22 y 2014

Enero, 7 y 2015

Colaboración especial de: Max Román

 

2 respuestas a “El aroma de la costa

  1. Excelente proceso reflexivo de los sucesos que acontecieron en Guerrero. Lástima que casi todos los lectores de este nota solo noten la manera tan hermosa en como el autor describe los recuerdos de su infancia y no ese trasfondo que más que crítica, es un punto de vista que hasta el momento yo no había encontrado sobre el tema.

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